martes, 11 de mayo de 2010

La caña y el roble

El viento soplaba en grandes ráfagas. Las espigas de trigo se tendían bajo los golpes de la borrasca. Los esbeltos árboles de la selva se inclinaban humildemente, y los animales corrían en busca de refugio. El estruendo del viento cantaba entre las copas de los árboles, fustigaba la superficie del estanque de los lirios, trocándola en espuma, y daba vueltas a las anchas y lisas hojas de las plantas acuáticas.

Pero el viejo roble seguía erguido c inmutable en el linde del bosque y no se doblaba bajo la furia de la tormenta.

—¿Por que no te inclinas cuando el viento golpea tus ramas9 —preguntó la esbelta caña—. Yo sólo soy una frágil caña. Me balanceo con cada ráfaga.

Desdeñosamente, el roble replicó:

—¡Bah, eso no es nada! Las tormentas que he soportado y vencido son innumerables.

La tormenta lo oyó y sopló furiosamente. El luminoso zigzag de un relámpago rasgó la oscuridad del cielo, y la lluvia azotó con fuerza el ramaje del poderoso roble. Pero el árbol resistió impasible.

Por fin, pasó la tempestad, asomó el sol por encima de una nube, sonrió a la Tierra que estaba allá abajo y volvió a reinar !a calma.

Entonces, salieron del claro los leñadores, blandiendo sus hachas v cantando alegremente. Iban a talar el gigantesco roble.

Éste se mantuvo erguido con firmeza, recibiendo valerosamente los golpes, cuando la filosa hoja del hacha lo hería. Luego, al balancearse su enorme tronco, profirió un terrible gemido y se desplomó con estruendo atronador. Los leñadores le cortaron las ramas, lo ataron y se lo llevaron del bosque, donde había estado en pie durante tantos años.

La esbelta caña, firme y erecta en su sitio, suspiró con lástima.

—¡Qué desgracia! —exclamó—. ¡Pobre roble! ¡Éramos tan buenos amigos!

El árbol del mundo

Otro de los mitos cosmogónicos que se relacionan con árboles es relatado por la mitología escandinava y corresponde al Árbol del Mundo, representado por un fresno sagrado (Yggdrasill).

Yggdrasill era un árbol eternamente verde; estaba situado en el punto central de la Tierra y era la senda y escalera entre las tres regiones cósmicas del cielo, la tierra y la ultratumba. Bajo sus raíces se encontraban los mundos de los humanos, los gnomos y los gigantes.

A continuación se transcribe el relato de un mito teutónico sobre el nacimiento y el aspecto del gran fresno sagrado:


"Del suelo brotó Yggdrasill, el gran fresno, cuyas poderosas ramas separaban los cielos de la tierra y cuyo tronco constituía el eje del Universo."
De hecho, en algunas leyendas, Yggdrasill es el mundo mismo.

"Nadie podría narrar su grandeza. Sus raíces se hincan en las profundidades, más allá de las raíces de las montañas y sus perennes hojas atrapan las estrellas fugaces según pasan.

Tres son sus raíces. La primera llega hasta Niflheim, tierra de las sombras o infierno y toca la fuente Hvergelmir de donde manan los doce ríos de la región del norte."

La segunda entra en la tierra de los gigantes helados y bebe de la fuente de Mimir, fuente de toda sabiduría.

La tercera se extiende por los cielos donde discurre la fuente de Urd, el más sabio de los nornos, extrañas criaturas que juzgan el destino de todos los seres.

Muchas fuerzas atacan al sagrado fresno. Cuatro ciervos mordisquean los nuevos brotes antes de que reverdezcan. El corcel de Odín, Sleipnir, pace en su follaje. La cabra Heidrun se alimenta de sus hojas.

Lo peor de todo es la serpiente Nidhogg, un enorme monstruo que roe incesantemente sus raíces. Solamente el amor de los Nornos lo mantiene en buen estado. Día a día cogen agua de la fuente de Urd y la vierten en Yggdrasill para mantenerlo floreciente."

En este fresno estuvo suspendido Odín durante sus nueve días iniciáticos y es donde, a través de su muerte y resurrección, llegó a vislumbrar los caracteres rúnicos y consiguió alcanzar la sabiduría contenida en las Runas mágicas.

El árbol del consejo

lEn las tierras de los cuparamango, los días se deslizaban despacio por la pendiente del tiempo, dejando vivir, dejando hacer, discurriendo perezosos bajo la sombra del yaoyao, el árbol del consejo. Era el yaoyao toda una institución en el pueblo de los cuparamango, más importante aún que la del hechicero y más antigua incluso que la del contador de dedos.

El yaoyao se limitaba a crecer, dando sombra y consejos a aquellos que los necesitaban. Reconfortaba a los viejos a los que ya les quedaban más recuerdos que tiempo para contarlos, resguardaba a las jóvenes parejas de los ojos de sus mayores, ofreciéndoles un rincón donde prodigarse caricias y juramentos, aconsejaba al Grupo de los Once Hombres cuándo y qué plantar, qué cosechas vendrían buenas o qué noticias traían los pájaros que anunciaban las crecidas del río. Mientras, las jóvenes madres cuparamango llevaban a sus hijos a jugar al pie del yaoyao, suspirando al darse cuenta del corto tiempo transcurrido desde que ellas mismas eran las que jugaban a subirse a las ramas más bajas del árbol. El yaoyao a todos cuidaba, a todos escuchaba.

Una mañana, las aves de cola plateada trajeron inquietantes noticias procedentes del cauce alto del río. Allá arriba se había establecido un grupo de hombres, unos hombres que devoraban la tierra, cortaban los árboles y exterminaban sin piedad a los animales.

"Bueno", les tranquilizó el yaoyao, "un asentamiento nuevo siempre necesita un periodo de adaptación. Dejemos que pase el tiempo para que encuentren su lugar en esta tierra".

Pero el tiempo, como de costumbre, no arreglaba nada. Día tras día llegaban nuevas noticias de la crueldad sin límites de los hombres nuevos, del ensañamiento con el que atacaban a todo lo vivo y, aunque aún estaban muy lejos, de la rapidez con la que extendían sus territorios. El yaoyao conoció la preocupación por primera vez en su larga existencia.

Algo había que hacer. Y también por primera vez, el que todo lo escucha y todos lo sabe, decidió pedir ayuda a los hombres.

No resultó sencillo. En su primer intento, los hombres entendieron que el yaoyao les pedía adelantar la fiesta de los peces bigotudos. Ansiosos por complacerle, la gran fiesta tuvo lugar y aún hoy, es una de las más célebres que se recuerdan.
El yaoyao comprendió que aquella situación era demasiado nueva para los hombres y que les costaría entender. ¿Cómo hacerles ves que él, el inmutable, el sabio, necesitaba de ellos, tan pequeños y tan frágiles?

Les habló entonces de la naturaleza, de los animales, de las aguas del río, de la paz, de la belleza de cada rincón... Su mensaje estaba cargado de poesía y buenas intenciones, de cantos de pájaros y aroma de flores. Pero nadie lo entendió y el hechicero tuvo que encerrarse en su cabaña durante tres días intentando descifrar las extrañas palabras del yaoyao. Transcurridos esos tres días, reunió al pueblo para hacerles el gran anuncio: el yaoyao exigía ser reconocido como el gran dios de los animales, los árboles y las cosechas y así se haría.

Los cuparamango se mostraron ilusionados ante la perspectiva de nombrar un dios en aquel pueblo donde nunca habían necesitado de ninguno y pusieron todos su empeño en que la ceremonia tuviera todo la pompa y el esplendor que requería tan señalada ocasión. Durante los días previos al nombramiento todo eran carreras, risas y consultas al hechicero sobre la mejor manera de agasajar a su árbol más querido. Los recolectores del pueblo remontaron el cauce del río y regresaron con sesenta y dos cestas de flores, gran cantidad de frutos y un par de monos del árbol del coco que trajeron como mascotas. Alguno reparó en que aquella parte del bosque se veía distinta, más pobre y más estéril, pero enfrascados como estaban con los preparativos de la gran fiesta, no tuvieron tiempo de pensar mucho en ello. Una semana duraron los festejos, más espectaculares y divertidos aún que el festejo de los peces bigotudos.

El yaoyao se desesperaba. Harto de que todos sus mensajes se malinterpretaran como invitaciones a hacer fiesta, dirigió un nuevo mensaje al pueblo. Esta vez fue mucho más duro. El yaoyao habló al corazón de cada hombre y cada mujer. Les habló de la muerte de árboles y animales a sólo una hora de camino río arriba. Les contó que de todas partes llegaban ahora desalentadoras noticias de destrucción y tierras quemadas. Fue su discurso más largo y más profundo que ningún otro ante y al terminar un denso silencio recorrió la aldea.

El yaoyao contemplaba expectante la reacción del pueblo. Uno a uno, todos los hombres fueron abandonando el círculo del consejo sin decir una palabra. Al parecer, esta vez había sido comprendido. Sin embargo, apenas una hora más tarde esos mismos hombres salían de sus chozas equipados para el combate, se despedían de sus mujeres e hijos y partían a hacer la guerra con el pueblo vecino de los manguaraníes. En nombre de Yaoyao, dios de todo lo viviente, los cuparamango arrasaron las tierras de los manguaraníes, regresando al pueblo con un botín de muerte, destrucción y piedras de ámbar.

El yaoyao, impotente, no quiso decir una palabra más y gruesas lágrimas de resina resbalaron por su tronco centenario. El yaoyao se moría. Sus hojas regaban el círculo del consejo, su corteza empalidecía y, aunque pasaban las semanas, el yaoyao seguía llorando lágrimas de incomprensión.

El pueblo, preocupado, acudió al hechicero. Su dios les reclamaba algo, aunque no supieran qué. Tal vez estaba enojado o triste por su culpa y debían remediarlo. Exigieron al hechicero que usara la raíz del letecuoro y buscara una solución. Nunca antes se le había pedido un esfuerzo tan grande, pero la ocasión así lo requería.

Todo el pueblo quiso estar presente en el ritual de la raíz del letecuoro. El hechicero y el contador de dedos se situaron en el centro del círculo del consejo, mientras el resto de la aldea entonaba cánticos. Todos se mantenían a la expectativa. Era aquél un raro espectáculo y sólo alguno de los más viejos lo había presenciado anteriormente. El yaoyao, en su melancolía, era espectador privilegiado, aunque ya apenas ponía atención. El contador de dedos acabó de preparar el brebaje y se lo ofreció al hechicero. La tensión llenaba el ambiente. El hechicero gozaba de una absoluta confianza entre los cuparamango, no en vano había sido elegido hacía ya muchos años entre más de doscientos aspirantes, todos ellos extraordinariamente capacitados. Haciendo honor a esta confianza, cayó con rapidez en un profundo letargo. Mientras tanto, el contador repasaba una y otra vez la cuenta de los dedos de pies y manos. Su tarea exigía que estuviera muy atento y no perdiera la concentración, porque su función era la de sacar al hechicero del trance en el mismo instante en que desapareciera el dedo medio de su pie derecho. Antes de que esto sucediera podría ocurrir que perdiera otros dedos de los pies o de las manos e incluso se contaba de una ocasión en que perdió una oreja, sin embargo el contador de dedos no debía dejarse impresionar por todas estas manifestaciones y despertar al hechicero sólo en el momento justo. Si lo hacía antes, el ritual sería inútil, si lo hacía después, el hechicero corría el riesgo de perder la vida.

La ceremonia fue decepcionante por lo breve, probablemente debido a las extraordinarias cualidades del hechicero. Éste no perdió ningún otro miembro, no hubo sangre, no hubo gritos ni convulsiones. El dedo medio de su pie derecho se limitó a empequeñecer poco a poco hasta desaparecer completamente. La ceremonia había concluido.

- Gran Dios YaoYao. He escuchado tus exigencias. Nosotros, tus hijos, agradecemos tu consejo y protección y haremos lo que nos pides. Mañana, al amanecer, la criatura más joven nacida en nuestro pueblo te será sacrificada.

El yaoyao, súbitamente espantado, no quiso seguir escuchando. Con gran esfuerzo, desenterró sus raíces del suelo y huyó despavorido del pueblo de los cuparamango. Nunca más se supo de él; tampoco del hechicero, que fue inmediatamente destituido y obligado a abandonar la aldea. Los cuparamango, ya sin dioses ni consejeros, siguieron con sus vidas tranquilas, hasta que un mal día, fueron atacados y convertidos en esclavos por unos hombres que llegaron desde el cauce alto del río.

Inma García

martes, 4 de mayo de 2010

El árbol de manzanas

Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo amaba mucho y todos los días jugaba alrededor de él. Trepaba al árbol hasta el tope y el le daba sombra. El amaba al árbol y el árbol amaba al niño.

Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.
Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste:
"¿Vienes a jugar conmigo?" pero el muchacho contestó "Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos".
"Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero... Te sugiero que tomes todas mis manzanas y las vendas. De esta manera tú obtendrás el dinero para tus juguetes".
El muchacho se sintió muy feliz.
Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz.
Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste.
Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó:
"¿Vienes a jugar conmigo?" "No tengo tiempo para jugar. Debo de trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos.
¿Puedes ayudarme?"... " Lo siento, pero no tengo una casa, pero...tú puedes cortar mis ramas y construir tu casa".
El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.

Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. "Vienes a jugar conmigo? le preguntó el árbol. El hombre contestó "Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?". El árbol contestó: "Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz". El hombre cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo.
Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: "Lo siento mucho, pero ya no tenga nada que darte ni siquiera manzanas". El hombre replicó "No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar...Por ahora ya estoy viejo".
Entonces el árbol con lágrimas en sus ojos le dijo, "Realmente no puedo darte nada.... la única cosa que me queda son mis raíces muertas". Y el hombre contestó: "Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar.
Estoy tan cansado después de tantos años". "Bueno,las viejas raíces de un árbol, son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven siéntate conmigo y descansa".
El hombre se sentó junto al árbol y este feliz y contento sonrió con lágrimas.
Esta puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres. Cuando somos niños, los amamos y jugamos con papá y mamá...


Cuando crecemos los dejamos .....sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas... No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices. Tú puedes pensar que el muchacho es cruel contra el árbol, pero es así como nosotros tratamos a nuestros padres...
Valoremos a nuestros padres mientras los tengamos a nuestro lado y si ya no están, que la llama de su amor viva por siempre en tu corazón y su recuerdo te dé fuerza cuando estás cansado...
Anónimo

Los árboles que querían rey

Decididos un día los árboles a elegir un rey que los gobernara, dijeron al olivo:
- Reina en nosotros. Y el olivo contestó:
- ¿Renunciar yo al líquido aceite que tanto aprecian en mí los dioses y los hombres, para ir a reinar entre los árboles?
Y los árboles buscaron a la higuera pidiéndole:
- Ven a reinar entre nosotros.
Y la higuera respondió igualmente:
- ¿Renunciar yo a la dulzura de mis frutos para ir a reinar entre vosotros?
Entonces los árboles dijeron al espino:
- Ven a reinar en nosotros.
Y el espino respondió a los árboles:
- Si en verdad queréis ungirme para reinar entre vosotros, venid a poneros bajo mi amparo, o si no que surja el fuego de la espina y devore los cedros del Líbano!
Quien no tiene buenos frutos que dar, dará lo malo que tenga para sufrimiento de los que le rodean.

La fábula de tres cuentos que no se entendían

Eran tres cuentos, hijos del mismo padre cada uno tenia su historia y cada uno quería contarla primero para así ganar un premio.

El cuento número uno, que eran todos decía:- mi historia es la del leñador que por cortar los árboles sin sombra se quedo.
El cuento número dos, que era el número uno decía:- la mía, es de la princesa encantada que por andar soñando se quedo retrasada.
¡Ay!… el mejor de los cuentos gritaba el número tres, es el mío, porque de alguna manera es un resumen de los otros dos, es la lectura del pequeño labrador, que se durmió y mientras soñaba con labrar hectáreas de tierra, los pocos acres que poseía se quemaron , se secaron por falta de cuidados.
Entraban ellos en discusión, de cual de ellos seria el mejor cuando escucharon:
- “ no hay mejor no hay peor,” son las enseñanzas de la vida, de un mundo, donde cada cual debe coger su azadón y llevarlo por los caminos, recorrerlos, limpiarlos hasta llegar al árbol que da la sombra y descansar, en ese descanso soñar, para luego despertar y encontrar que una hermosa cosecha de la siembra recogerá.
- Hermosos tres cuentos cada uno une al otro, llevad vuestro hermoso mensaje al destino que os toque, no discutáis por eso, la enseñanza la lleváis de la mano, cada uno estirad la vuestra, uníos formareis la hermosa cadena llamada libertad.
Tres hermosos cuentos recorren llanuras, ríos, montañas, juegan, ríen y cuentan el cuento de tres hermosos cuentos.

Autora: Esperanza Soto.

El árbol del ahorcado

Un campesino acuciado por las deudas había estado pidiendo ayuda a sus vecinos y amigos, pero nadie se la daba, cuando la situación económica llegó a ser extrema, el hombre no vio otra salida que suicidarse ahorcandose en un árbol.


Cuando sus convecinos lo encontraron le ofrecieron las más honrosas pompas fúnebres que pudieron o consideraron que podían permitirse.
A partir de aquel día, fueron muchos los que al pasar junto al árbol volvían a ver a aquel campesino, con la soga al cuello, y sus ojos abierto mirándoles fijamente.

Por la noche, lo cortijos cercanos oían el ruido que producía la cuerda al balancearse sobre la llama, a pesar de encontrarse a basante distancia.
En una reunión decidieron cortar el árbol para evitar volver a tener que soportar tal visión y sonido.
Entre todos lo derribaron y se lo llevaron del lugar.
Aquella misma noche, el sonido de la cuerda volvió a escucharse.

A la mañana siguiente, el árbol seguía en su lugar.
Fueron varias las veces que procedieron a cortarlo, pero por la noche el sonido continuaba y a la mañana siguiente el árbol estaba intacto.
Fueron muchos los que aseguraron que habían visto al ahorcado colgando de sus ramas.
Nadie quería pasar por allí especialmente solo y los niños rehuían jugar en las cercanías.

De donde provienen todas estas leyendas es difícil de saber, como dije al principio, en todos los pueblos hay alguna leyenda al respecto y siempre hay alguien que conoció a la victima.