sábado, 19 de noviembre de 2011


Había un hombre que tenia cuatro hijos y buscaba que aprendieran a no juzgar las cosas tan rápidamente.
  
Entonces envió a cada uno por turnos a ver un árbol de peras que estaba a una gran distancia. El primer hijo fue en el Invierno, el segundo en Primavera, el tercero en Verano y el hijo más joven en el Otoño.
Cuando todos ellos habían ido y regresado, los reunió y les pidió que escribieran lo que habían visto.
El primer hijo mencionó que el árbol era horrible, doblado y retorcido.
El segundo dijo que no, que estaba cubierto con brotes verdes y lleno de promesas.
El tercer hijo no estuvo de acuerdo, él dijo que estaba cargado de flores, que tenía aroma muy dulce y se veía muy hermoso, era la cosa mas llena de gracia que jamás había visto.
El ultimo de los hijos no estuvo de acuerdo con ninguno de ellos; dijo que estaba maduro y marchitándose de tanto fruto, lleno de vida y satisfacción.

 Entonces el hombre les explicó a sus hijos que todos tenían razón, porque ellos solo habían visto una de las estaciones de la vida del árbol.
Les dijo a todos que no deben juzgar a un árbol, o a una persona, sólo por ver una de sus temporadas, y que la esencia de lo que son el placer, el regocijo y el amor que viene con la vida sólo puede medirse al final, cuando todas las estaciones han pasado.
Si te das por vencido en el invierno, habrás perdido la promesa de la primavera, la belleza del verano y la satisfacción del otoño.


MORALEJA: No dejes que el dolor de alguna estación destruya la dicha del resto. No juzgues a la vida sólo por una estación difícil. Persevera a través de las dificultades y malas rachas ... mejores tiempos vendrán...

El árbol de la vida






Era un árbol frondoso y fuerte de edad desconocida que a lo largo de su vida había experimentado el sufrimiento y el dolor, el frío y el calor. Quería vivir, quería disfrutar de las cosas bellas que la vida le ofrecía, deseaba escuchar el sonido plácido y armonioso de los pájaros que con sus alegres cantos reposaban en sus ya viejas y doloridas extremidades, suspiraba por gozar del verde prado con sus jóvenes y floridos árboles que se encontraban a su lado.
En la amplitud de su vida había visto en varias ocasiones a la muerte bien de cerca. Como lo sucedido en una fría y tenebrosa noche de invierno, en la que una nube lanzó su cólera contra él y errando su irritación alcanzó de lleno a su buen amigo el Abeto. O cuando de pequeño una poderosa tempestad de viento lo dobló con tal virulencia que hasta las raíces llegaron a peligrar, poniendo a prueba su resistencia.
Todas las primaveras veía como sus hojas crecían verdes y rebosantes de vida columpiándose cada atardecer mecidas por el viento del norte, alimentándose con la energía que el sol les proporcionaba y la lluvia que las nutría y bañaba para disfrute y deleite de todo aquel que se
acercaba a contemplar aquel esplendor.
Pero llegado el otoño las hojas perdían su color, poco a poco se marchitaban y morían precipitándose al vacío desde la rama que durante unos meses había sido su apoyo y sustento. La muerte que podía experimentar cada primavera y que veía en los demás en el día a día, para él era una gran desconocida. Pero pronto, muy pronto, comprendería por sí mismo lo que se experimentaba ante esta gran desconocida.
El incendio se estaba aproximando cada vez más y con mayor fuerza. El calor que producía era insoportable y la muerte estaba cada vez mas cerca. Hacía muchos años escuchó conversar a dos humanos que se habían detenido a descansar en sus regazos. Uno de ellos preguntó al otro < < ¿A dónde se va cuando morimos? >> a lo que éste respondió < < Nunca nos preguntamos dónde se va la llama de una vela cuando ésta se apaga. Cuando encendemos una vela decimos que la llama está viva, y cuando la apagamos no nos preocupamos de a donde se ha ido, simplemente se apaga, no hay un lugar a donde la llama pueda ir, simplemente se ha hecho una con el todo >>
En otra ocasión vio desfilar ante él a cuatro hermosos corceles blancos que tiraban gallardos de un bello carruaje. En su interior reposaba una caja de madera finamente tallada rodeada por cuatro preciosas coronas de flores con unos ramilletes que decían: “De tus hijos que no te olvidan” “De tus padres con cariño” “De tu mujer con amor” “De tu nieta que siempre te tendrá en su corazón”.
Pero lo que más le llamo la atención fue la gente que acompañaba aquella comitiva. Todos vestían de un siniestro sombrío tenebroso y riguroso negro, lloraban desconsoladamente por la pérdida de aquel ser querido exclamando: < < Por fin descansa en paz, ya no sufrirá más>> Que sus seres queridos, sus más allegados amigos llorasen porque aquel hombre descansaba en paz carecía de toda lógica. Sufrir porque había dejado de padecer, para él no tenía ningún sentido; si por fin descansaba en paz y ya no sufriría más, lo más sensato sería que se alegrasen de aquella situación.
No tardó en darse cuenta de que aquel sufrimiento, aquel dolor que desfilaba ante sus ramas, no era causado por la pérdida del ser amado, sino por la autocompasión. De entre todas las voces de lamento que allí se alzaban, una de estas repetía insistentemente: < < ¡Dios mío! Qué sola estoy ¿Por qué te lo has llevado? ¿Qué haremos ahora sin ti? >>
Todo su dolor, todo su lamento estaba enfocado hacia sí misma, puesto que el difunto ya había dejado de sufrir y descansaba en paz. Lo cierto es que si eso le sucediese a él se sentiría con un enorme complejo de culpabilidad, pues por nada del mundo permitiría que un ser que te ama sufriese por su muerte. Pero él estaba vivo y nunca había sentido aquel dolor que embargaba aquella pobre gente; es más, empezaba a darse cuenta de que el sufrimiento no estaba causado por el que se iba, sino por el que se quedaba.
Recordando aquella situación se veía cada vez más como un nacido moribundo desde el primer aliento de vida. La existencia y el final estaban adquiriendo un nuevo significado para él. Comenzaba a darse cuenta de que la muerte está aquí en cada instante de nuestra vida, cuando hablamos, leemos, nos divertimos. La muerte no está allá al final, sino en cada instante de nuestras vidas, en el aquí y ahora. Uno no sufre tan solo porque pierde a su familia, sino porque teme quedarse solo y sin compañía. Teme perder sus posesiones a los amigos, el amor de su vida, los hijos. Le atemoriza tener que abandonar lo conocido para enfrentarse a lo desconocido.
Mientras revivía aquellos recuerdos no se percató de que por sus ramas doloridas por el intenso calor estaban fluyendo unas preciadas gotas de agua. El viento había cesado su cruel y devastadora correría; entre un claro del bosque dejado por los chamuscados árboles se pudo percibir como unas cargadas nubes cantaban estrepitosamente a la vida. Cuando el árbol se quiso dar cuenta ya la tormenta se encontraba demasiado próxima y la lluvia era intensa. Por esta vez la muerte había estado muy cerca, pero él sabía que desde ese mismo amanecer la viviría en el día a día.


Autor desconocido

Los árboles son tesoros

LOS ARBOLES SON TESOROS

Son los árboles tesoros
que en la tierra puso Dios, 
grandes bienes para el hombre 
que para él aseguró.
Tiene el aire por el árbol
saludable condición, 
ecos dulces de las aves, 
de las flores grato olor.
Dan los árboles la fruta,
dan madera, dan carbón,
la lluvia fecunda atraen,
las hojas tapan el sol.
Debe el niño bien criado
a los árboles amor,
defender los brotes nuevos
y evitar la destrucción
y así crecerán a un tiempo:
árbol, niño y los dos
serán útiles al mundo
y tendrán su bendición.

Poemas del árbol



Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento…
Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.
Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.
Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.
Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.
No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.
Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde…
Antonio Machado
Vuestro tronco era esbelto y verdecía,
sorbiendo soles allá en el cerro alto:
os arrancaron del paisaje un día,
para dar sombras sobre el negro asfalto.

Estáis aquí, anclados en la acera,
para manchar de verde el gris urbano;
se alarga en vano vuestra larga hilera
por ver el monte en el azul lejano.

¿Qué cruda mano os puso en estas calles
sin secreto, de ruido atormentadas?
¿Por qué os hurtaron a los hondos valles
llenos de dulces tardes sosegadas?

La tórtola no vierte sus arrullos,
árboles de ciudad, en vuestras ramas;
ni escucha vuestra copa los murmullos
que el viento dice al bosque y las retamas




simeAAlfonso Albala

El cipres


 

Adarga sideral inofensiva
que prende a los luceros dormitando.

Nocturno fantasmón de un negro espíritu
que abandonó su cuerpo a los gusanos.

Índice de las manos vegetales
que nos muestra un camino ya olvidado.

Huso que hila los vientos más rebeldes
en la gigante rueca de los campos.

Escobillón de túneles nocturnos
que recoge el rocío congelado.

Antena de los muertos sumergidos
que toma tierra en todos los osarios.

Centinela que, rígido, vigila
eternamente firme el Camposanto.

Gótico caramelo de los aires.
Penitente andaluz encapuchado.

Pararrayos de tórtolas lejanas.
Penacho de un sepulcro aristocrático.

Eres, ciprés, mis pobres oraciones,
que al calor apretado de los pájaros
se arborizan ante la impotencia
de llegar por mis culpas a lo Alto.





Nicolás  de la Carrera

viernes, 11 de noviembre de 2011

La sierra--Mitología Vasca

En cierta ocasión San Martíntxu acudió al temible Basajaun  para poder obtener los secretos de la fabricación de la sierra o tronzadora y le dijo con astucia:
     -!Ya he descubierto el modo de hacer una sierra!
    -No creo que lo  hayas logrado si antes no has reparado en la forma de las hojas del castaño le respondió el gentil con su risa burlona
    -De acuerdo,en el camino de vuelta a casa cogeré la hoja de un castaño y haré lo más conveniente fijándome en la apariencia.
    Y así fue como San Martintxu fabricó la sierra gracias a la dentadura de la hoja de castaño.
   Basajaun,enfadado y de noche,dobló todos los dientes a la sierra.Y a la mañana siguiente,cuando fueron a recoger la nueva herramienta para cortar un viejo tronco de castaño,descubrieron lo que había hecho el gentil. !y qué sorpresa cuando comprobaron que con sus dientes torcidos,cortaba mucho mejor!

             Dice un proverbio :la suerte llega cuando tiene que llegar,y eso fue lo que le sucedió a Martintxu.